El desespero de Maduro lo dejó claro durante el discurso del martes pasado, cuya retórica violenta sólo es equivalente a la violencia de sus anuncios. A la derecha le dijo que no venía “a pedir tregua ni cuartel”; a sus partidarios les pidió prepararse “para la ofensiva que viene” y anunció el regreso “del látigo de Chávez”. Y uno se pregunta si un gobernante en plena deriva autoritaria, cuyos escrúpulos democráticos son una especie en vía de extinción, no debería ya haberse agenciado su propio látigo. Maduro nunca ha podido dejar de vivir de alquiler en el fantasma de Chávez. A eso, y a su pérdida brutal de legitimidad, se deben sin duda los rasgos más preocupantes del discurso: por un lado, la antidemocrática solicitud de poderes especiales para legislar por decreto durante un año; por el otro, la petición a la Fiscalía de “castigar la guerra psicológica que ejercen la prensa escrita, la televisión y la radio contra la seguridad alimentaria del pueblo y contra la vida económica de la nación”: una agresión frentera a la libertad de prensa.

Lo de legislar por decreto es un intento desesperado por conservar las riendas de un país que comenzó a escapársele el día mismo de su victoria electoral. Maduro ganó con apenas 200.000 votos, a pesar de que las del 14 de abril debieron de ser las elecciones más desiguales de la historia venezolana. El candidato chavista contaba con el control sobre los medios de comunicación (Capriles recibió 5 minutos de tiempo en televisión por cada 17 horas suyas); contó con la parcialidad insolente del Consejo Nacional Electoral (cuatro de cuyos cinco miembros eran militantes chavistas declarados); contaba con el monopolio de los recursos económicos del Estado. Como si eso no fuera poco, se mostró desde el principio dispuesto al usufructo supersticioso, usurpador y melodramático de Chávez, su “líder eterno”. Nada de esto, sin embargo, le bastó para lograr una victoria holgada. No es para sorprenderse que ahora quiera poderes extraordinarios: eso del Congreso, aunque sea un congreso que le pertenece, es un estorbo.

La petición a la Fiscalía, por otra parte, es el más descarado intento por eliminar todo rastro de una prensa libre en Venezuela. El objetivo principal de esta guerra contra la información es la construcción de una realidad falsa: una realidad donde no hay desabastecimiento. Pero yo sé, porque me lo dicen fuentes confiables, que el Banco Central sitúa el desabastecimiento en un 22% de una lista de cien rubros; sé que no hay papel higiénico, ni azúcar, ni harina de maíz precocida. Una fuente —periodista, escritor y experto en petróleos— me explica que más de 80.000 empresas han cerrado desde que comenzó la ola de expropiaciones en 2003; que la escasez de dólares, consecuencia de la caída de los ingresos petroleros, es gravísima en una economía que importa ahora cerca del 90% de su consumo total. Pero esta verdad sólo aparece en los medios: los poquísimos medios que no se han autocensurado todavía, que todavía resisten al acoso y derribo programáticos del chavismo. Mientras tanto, Maduro cree que es la prensa, y no su política, la que atenta contra la seguridad alimentaria.
Maduro se hunde en el desespero. Venezuela, por otras razones, también.

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